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	<title>clarin mujer &#8211; Diario Tiempo Digital</title>
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		<title>“Yo era más chiquita que un paquete de harina”</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jan 2015 04:43:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[agustina lugano]]></category>
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		<category><![CDATA[neonatología]]></category>
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					<description><![CDATA[Honrar la vida. &#8220;La m&#237;a fue una historia de amor&#8221;, dice Agustina Lugano al recordar la cadena de manos que la asisti&#243; al nacer. Agustina Lugano (33), naci&#243; el 19&#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>
	Honrar la vida. &ldquo;La m&iacute;a fue una historia de amor&rdquo;, dice Agustina Lugano al recordar la cadena de manos que la asisti&oacute; al nacer.</p>
<p>
	Agustina Lugano (33), naci&oacute; el 19 de marzo de 1981 en la localidad bonaerense de 9 de julio, donde resid&iacute;an, mientras Guillermo, su padre, estaba trabajando.</p>
<p>
	Hab&iacute;a alcanzado solo cinco meses en el vientre de su mam&aacute;, Ana In&eacute;s. &ldquo;Pes&eacute; 850 gramos. No hab&iacute;a manera de que ellos estuvieran preparados, cuenta, refiri&eacute;ndose a sus padres. Yo era m&aacute;s chiquita que un paquete de harina&rdquo;. El m&eacute;dico a cargo del parto advirti&oacute; que sobrevivir&iacute;a &uacute;nicamente si la trasladaban a la Capital Federal.</p>
<p>
	&ldquo;Pap&aacute; decidi&oacute; intentar todo lo que fuera posible para salvarme&rdquo;. Lo primero que hizo fue bautizarla.</p>
<p>
	A falta de incubadora o avi&oacute;n sanitario improvisaron una cunita con una caja met&aacute;lica, colocaron bolsas y botellas de agua caliente para cuidar su termorregulaci&oacute;n.</p>
<p>
	A sus &oacute;rganos les faltaba desarrollarse, entre tantas otras complicaciones que prefiere no enumerar.</p>
<p>
	Y as&iacute;, la reci&eacute;n nacida, el padre y la doctora Mabel Hayes salieron hacia la ciudad.</p>
<p>
	La madre reci&eacute;n pudo viajar al d&iacute;a siguiente.</p>
<p>
	En el primer sanatorio al que fueron, gracias a la gesti&oacute;n de un t&iacute;o m&eacute;dico, diagnosticaron que ya no hab&iacute;a nada por hacer. No se dieron por vencidos. A instancias del t&iacute;o llegaron al Sanatorio Otamendi. All&iacute; los recibi&oacute; el doctor Luis Prudent. La primera noche fue dif&iacute;cil:</p>
<p>
	Agustina presentaba una hematoma generalizada y alteraciones en el h&iacute;gado.</p>
<p>
	&ldquo;Siempre me interes&oacute; esta historia que me tuvo de protagonista. Mi origen es parte de mi identidad&hellip;&rdquo;</p>
<p>
	DESPU&Eacute;S DE LA INCUBADORA</p>
<p>
	Agustina alcanz&oacute; la llamada &ldquo;edad corregida&rdquo;, el tiempo en que los &oacute;rganos se desarrollan y se estabilizan despu&eacute;s de tres meses de incubadora. Entonces, un 24 de julio, permitieron que la llevaran a su casa.</p>
<p>
	Ah&iacute; la esperaba un cuarto especial y el cuidado de una enfermera que les ense&ntilde;&oacute; a sus padres infinidad de secretos para la nueva etapa. Cuestiones tan simples, tan delicadas y tan b&aacute;sicas como, por ejemplo, dar la mamadera, facilitar el proceso de vinculaci&oacute;n.</p>
<p>
	A los dos a&ntilde;os fue descartado el riesgo de da&ntilde;o cerebral. La &uacute;nica secuela fue una retinopat&iacute;a que le afect&oacute; el ojo derecho, con el que ve en sombras, pero que pudo compensar con el ojo izquierdo y que m&aacute;s tarde no le impedir&iacute;a manejar</p>
<p>
	La infancia no result&oacute; simple.</p>
<p>
	La familia se instal&oacute; en la capital, en Barrio Norte, cuando ella cumpli&oacute; los siete a&ntilde;os. A causa de la miop&iacute;a ten&iacute;a que usar unos anteojos de vidrios muy gruesos. &ldquo;Cuatro ojos&rdquo;, le dec&iacute;an los chicos y la burla le dol&iacute;a. &ldquo;Esto me pasa porque nac&iacute; as&iacute;&rdquo;, se justificaba.</p>
<p>
	A los seis a&ntilde;os pudo sentirse mejor: empez&oacute; a usar lentes de contacto. Pero igual segu&iacute;a siendo la rara porque necesitaba sentarse adelante para poder ver bien el pizarr&oacute;n. &ldquo;Los chicos me dec&iacute;an: &lsquo;Pobre, naci&oacute; prematura&rsquo;. Me her&iacute;a escucharlo, despu&eacute;s lo empec&eacute; a aprovechar como un beneficio, hasta que tambi&eacute;n que me cans&eacute; de eso&rdquo;.</p>
<p>
	Agustina nunca se sinti&oacute; v&iacute;ctima. En la primaria, en el Mallinckrodt, practicaba deportes.</p>
<p>
	Los fines de semana, en el campo, cabalgaba, trepaba a los &aacute;rboles. Fue as&iacute; como gan&oacute; confianza y amigos. M&aacute;s tarde, en la secundaria, hac&iacute;a actividades solidarias, misionaba, nunca se quedaba inactiva.</p>
<p>
	Cuando le lleg&oacute; el momento de elegir una profesi&oacute;n opt&oacute; por kinesiolog&iacute;a y terapia f&iacute;sica. Se estaba aproximando a una manera de &ldquo;devolver algo de lo recibido&rdquo;.</p>
<p>
	Y si bien arm&oacute; su consultorio, en alg&uacute;n punto todav&iacute;a estaba insatisfecha, sent&iacute;a que necesitaba darle m&aacute;s tiempo al v&iacute;nculo con los pacientes. Por eso, en 2006 empez&oacute; a estudiar una nueva carrera: enfermer&iacute;a.</p>
<p>
	REVIVIR LA HISTORIA</p>
<p>
	Estaba haciendo pr&aacute;cticas en neonatolog&iacute;a cuando le toc&oacute; atender a una madre de mellizas que guardaba reposo para prolongar lo m&aacute;ximo posible el embarazo. Pero al llegar al hospital, un d&iacute;a, Agustina encontr&oacute; que las mellizas hab&iacute;an nacido. Habl&oacute; con la mam&aacute;, la ayud&oacute; a subir a la silla de ruedas, le pregunt&oacute; si se animaba a verlas. &ldquo;A los padres les cuesta mucho mirar a su hijo en una incubadora. Lo esperado es que nazca sano, tenerlo en brazos&rdquo;.</p>
<p>
	Se mantuvo firme junto a la madre hasta que sali&oacute; a la calle. Reci&eacute;n entonces pudo aflojarse y llorar. &ldquo;Hab&iacute;an nacido a los cinco meses y medio de gestaci&oacute;n, igual que yo&rdquo;.</p>
<p>
	Agustina se recibi&oacute; de enfermera en 2012. Inevitablemente, en cada parto prematuro revivi&oacute; su historia, maravill&aacute;ndose. &ldquo;Si a los nacidos en t&eacute;rmino les cuesta adaptarse a la temperatura, a la luz, a los ruidos, imagin&aacute;te a los prematuros.</p>
<p>
	Es impresionante verlos pelear por la vida, ver c&oacute;mo van regulando la frecuencia card&iacute;aca, la respiraci&oacute;n, cuando est&aacute;n en contacto con la madre.</p>
<p>
	Es muy conmovedor, milagroso&rdquo;.</p>
<p>
	Ahora, en poco tiempo, Agustina se recibir&aacute; de neonat&oacute;loga, especializaci&oacute;n a la que planea dedicarse por completo. Fue una neonat&oacute;loga la que le hab&iacute;a dicho que su ideal era ayudar a los beb&eacute;s en sus primeros pasos, ayudarlos a desarrollarse y crecer. &ldquo;Eso fue lo que hicieron conmigo&rdquo;, reflexiona Agustina: &ldquo;Todos los que me ayudaron armaron una cadena de manos que me permiti&oacute; vivir. La m&iacute;a es una historia de amor&rdquo;.</p>
<p>
	La historia de Agustina integra, junto a otras, el libro Historias Prematuras, publicado bajo la direcci&oacute;n editorial de Zulma Ortiz, especialista en salud de UNICEF, como parte de la campa&ntilde;a sobre prematurez, la primera causa de mortalidad infantil en la Argentina.</p>
<p>
	&ldquo;Nada es casual. Yo aprend&iacute; a aceptar la vida como me toc&oacute;. Cuando era chica me preguntaba &lsquo;por qu&eacute;&rsquo;. Cuando crec&iacute; empec&eacute; a preguntarme &lsquo;para qu&eacute;&rsquo; y al ejercer como enfermera empec&eacute; a descubrir la respuesta&rdquo;.</p>
<p>
	Durante las pr&aacute;cticas como enfermera pocas veces confes&oacute; que al nacer era m&aacute;s chiquita que un paquete de harina; sin embargo su experiencia se convirti&oacute; en una fuerza oculta que dio esperanzas cuando le toc&oacute; acompa&ntilde;ar a padres en partos prematuros. Agustina creci&oacute; lo bastante como para sostener a otros.</p>
<p>
	&iquest;C&oacute;mo se construye una narraci&oacute;n propia y en primera persona a trav&eacute;s de los relatos de los dem&aacute;s?, preguntamos. Responde:</p>
<p>
	&ldquo;Al principio una se queda con lo que cuentan, con los miedos ajenos. Hasta que despu&eacute;s aprende a soltar, a decir &lsquo;ac&aacute; estoy&rsquo;, y se empieza a construir desde el hoy. Lo m&aacute;s dif&iacute;cil fue quitarme el r&oacute;tulo de prematura, la idea de que yo no iba a poder. Durante muchos a&ntilde;os sent&iacute; que deb&iacute;a dar examen. Ya no.</p>
<p>
	Ahora soy tan capaz como cualquiera. Mis padres me ayudaron a que soltara mis miedos, a que me animara a probar. Siempre digo que ellos fueron mis primeros y mejores enfermeros&rdquo;. Cada 19 de marzo Agustina se remite invariablemente al primer d&iacute;a de su vida. No se considera una sobreviviente, sin embargo celebra a lo grande el regalo de estar viva.</p>
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