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	<title>amamos &#8211; Diario Tiempo Digital</title>
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		<title>Trabajar en lo que amamos es vital para nuestra salud</title>
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		<pubDate>Wed, 22 May 2013 08:01:33 +0000</pubDate>
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	&nbsp;</p>
<p>
	<strong>&iquest;Profesi&oacute;n? Persona feliz</strong></p>
<p>
	La azafata se inclina cordial sobre mi ajustada butaca de clase turista y me pregunta si quiero tomar algo m&aacute;s. -&iquest;Un caf&eacute;? &iquest;Un vaso de jugo de naranja? Acepto algo fresco, lo que haya, cualquier cosa con hielo. El aire ya estaba un poco viciado, y tengo la boca seca despu&eacute;s de tantas horas de vuelo. Cuando la joven regresa con la bebida, me deja tambi&eacute;n la tarjeta de migraciones. No falta mucho para llegar a destino, y es hora de completar algunos datos. Pura rutina: Nombres, n&uacute;meros de pasaporte y estado civil. Hasta ah&iacute;, no hay cavilaciones. Sigo bien con la ciudad de destino, la ciudad de origen, el n&uacute;mero de vuelo y el motivo del viaje (&iexcl;turismo!). M&aacute;s preguntas: &iquest;Lleva m&aacute;s de diez mil d&oacute;lares? No, ya quisiera yo. &iquest;Arm&eacute; mis propias valijas? S&iacute;, desde luego. Ese desorden es todo obra m&iacute;a&hellip; Y no desde ya que no llevo artefactos explosivos ni armas qu&iacute;micas. Paseo la vista despreocupado por el cart&oacute;n blanco y descubro que dej&eacute; vac&iacute;a la casilla que dice &ldquo;PROFESI&Oacute;N&rdquo;. Muerdo la tapita de la birome y casi sin pensar, en piloto autom&aacute;tico, empiezo a escribir &ldquo;Abog&hellip;&rdquo;, pero me detengo. Y tacho con &iacute;mpetu. De hecho, creo que tacho con tanta fuerza que voy a tener que llamar a la azafata para que me d&eacute; un formulario nuevo. Falta todav&iacute;a para el aterrizaje. Hola. Me llamo Marcos, tengo cuarenta a&ntilde;os y soy un hombre feliz. Ahora soy un hombre feliz. Antes no s&oacute;lo era feliz, sino que era muy infeliz, y la mayor parte del tiempo ni siquiera sab&iacute;a que lo era. Si hace tres a&ntilde;os me hubieran preguntado qu&eacute; es lo que m&aacute;s me gusta hacer en la vida, hubiera respondido muy diferente de la que les dir&iacute;a hoy. Aquel Marcos de antes ya no se parece a nada al Marcos de ahora. Lo que nos trae de nuevo a la tarjeta de migraciones. &iquest;Profesi&oacute;n? Abogado. Eso hubiera puesto tres a&ntilde;os atr&aacute;s. Sin dudarlo y con letra clara (Porque no era m&eacute;dico, era abogado) pero ya no. Aunque todav&iacute;a la memoria muscular me lleve por los mismos caminos, y me obligue luego a tachar y a pedir un formulario en blanco para enmendarme. S&iacute;, yo era abogado. Bueno, como si uno pudiera dejar de ser abogado. Vamos de nuevo: Soy abogado, a&uacute;n lo soy, pero no ejerzo m&aacute;s esa profesi&oacute;n. Dej&eacute; todo, por completo. Y para siempre. &iquest;Por qu&eacute;?, me podr&aacute;n preguntar. &iquest;Te iba muy mal? La respuesta es s&iacute; y no. Me iba estupendamente bien y me iba muy mal. A la vez. Me explico. &iquest;Me iba bien? S&iacute;, lo ten&iacute;a todo. Vengo de una familia de abogados, as&iacute; que no me cost&oacute; lo m&aacute;s m&iacute;nimo insertarme en la profesi&oacute;n. Y crec&iacute; a una velocidad asombrosa. Antes de los veintiocho ten&iacute;a mi propio estudio, con una chapa de bronce en la puerta de mi oficina, secretarias y varios empleados. &iquest;Me iba bien? &iexcl;Claro que me iba bien! Ganaba m&aacute;s plata de la que hab&iacute;a so&ntilde;ado. Ten&iacute;a una casa hermosa en la ciudad y otra en el country, dos autos, una moto y hasta un velero para pasear los fines de semana. Ahora bien. &iquest;Me iba muy mal? S&iacute;, tambi&eacute;n me iba muy mal. Odiaba mi profesi&oacute;n. Me aburr&iacute;a insensatamente. Es decir, era inmensamente infeliz. Claro que no me daba cuenta de eso. Pero lo canalizaba de otras formas muy evidentes y palpables. Ten&iacute;a ataques de p&aacute;nico, ataques de estr&eacute;s, ataques de angustia. Nombren el ataque que quieran: Yo lo tuve. Tuve &uacute;lceras y problemas g&aacute;stricos. Tuve acidez, calvicie prematura, des&oacute;rdenes alimenticios y un insomnio desgarrador. &iquest;Y yo me daba cuenta de que eso ten&iacute;a algo que ver con mi exitosa profesi&oacute;n? Pues no. Se lo atribu&iacute;a a las cuentas, a los clientes, a los juicios. Yo despreciaba esa profesi&oacute;n en la que hab&iacute;a entrado de un modo casi irreflexivo. Mi padre era abogado. Mi abuelo fue abogado. &iquest;Ten&iacute;a yo alguna alternativa? &ldquo;Dr. Lorenzi&rdquo; pod&iacute;a llamar alguien en una reuni&oacute;n y tres sujetos, de tres generaciones diferentes, abuelo, padre e hijo, nos hubi&eacute;ramos dado vuelta y respondido a la voz. Bueno, s&iacute; ten&iacute;a alternativa, no me daba cuenta. Por eso estudi&eacute; lo que estudi&eacute;, sin jam&aacute;s cuestionarme ni por un segundo cu&aacute;les eran mis deseos. Actuaba como un robot, guiado por la historia y por los mandatos. Y los mandatos me ten&iacute;an colgado de unos hilos de algod&oacute;n, como si yo fuera una marioneta sin voluntad ni anhelos. Pero un d&iacute;a la infelicidad fue m&aacute;s fuerte. Colaps&eacute;, literalmente. Ca&iacute; fulminado por un preinfarto. Y todav&iacute;a no hab&iacute;a cumplido treinta y cinco a&ntilde;os. &nbsp;Esa internaci&oacute;n fue una bisagra en mi vida. Lo tom&eacute; como un retiro en un monasterio. No me pod&iacute;a seguir escapando de m&iacute;. Por primera vez comenc&eacute; una terapia en la que repas&eacute; mi historia, mis or&iacute;genes. Y me hice la gran pregunta: &iquest;Qu&eacute; quiero hacer en esta vida? &iquest;Qu&eacute; es lo que m&aacute;s me gusta hacer en la vida? Y la respuesta estaba ah&iacute; no m&aacute;s, s&oacute;lo que no la pod&iacute;a ver. Durante a&ntilde;os me hab&iacute;a negado a ver mis verdaderos impulsos, mis deseos m&aacute;s genuinos. &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a yo cada vez que manten&iacute;a una de esas largu&iacute;simas charlas telef&oacute;nicas con alg&uacute;n cliente y mi mente vagaba desatenta? &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a yo para matar el tiempo cuando ten&iacute;a alg&uacute;n viaje de negocios? &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a yo desde chico, y siempre con talento y ganas, que seg&uacute;n maestros, amigos y padres? Ah&iacute; va: Yo dibujaba. De pronto v&iacute; todo con una claridad abrumadora. Yo quer&iacute;a ser dibujante; no abogado. Era de verdad bueno con las manos, s&oacute;lo que jam&aacute;s si quiera se me hab&iacute;a ocurrido que yo pod&iacute;a ser y vivir de eso, construir una carrera. Seg&uacute;n mis mandatos y mi herencia, dibujar no pod&iacute;a ser considerado m&aacute;s que un hobby. As&iacute; que la respuesta estaba ah&iacute;. La soluci&oacute;n era clara. S&oacute;lo hac&iacute;a falta juntar coraje, tomar envi&oacute;n. &iquest;Era un salto al vac&iacute;o? Si lo era, val&iacute;a la pena. El avi&oacute;n toc&oacute; tierra. Las ruedas chillan un poco contra el asfalto de la pista. Miro mi tarjetita de migraciones. La nueva. La que correg&iacute;. &iquest;Profesi&oacute;n? Ilustrador. Ya no dudo. Ahora soy eso. Ahora soy feliz con lo que hago. Con eso que eleg&iacute; hacer. Ustedes se preguntar&aacute;n si me va igual de bien que cuando era abogado y ten&iacute;a dos casas y palos de golf y no s&eacute; cu&aacute;ntos autos en el garaje. S&iacute; claro, me va mil veces mejor. Tengo una sola casa, y un auto (que ni siquiera es el &uacute;ltimo modelo). Pero &iquest;saben qu&eacute;? Soy feliz siempre. Y me doy cuenta de que soy feliz. Y hago lo que de verdad deseo, y no eso para lo que las fuerzas insondables de la herencia me programaron. Tengo lo que cualquiera describir&iacute;a como una vida &ldquo;m&aacute;s modesta&rdquo;. Pero que yo, por experiencia, llamo simplemente una vida &ldquo;m&aacute;s dichosa&rdquo;. La vida que me arm&eacute;, y no en la que me met&iacute; por inercia. La de Marcos, un hombre de cuarenta a&ntilde;os y un hombre feliz.</p>
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