La historia, que transcurre durante la última dictadura militar argentina (1976-83), es narrada por Juan, un niño de 12 años. Juan está clandestino, y por eso tiene otro nombre al igual que toda su familia. En el barrio y en la escuela lo conocen así. Pero en su casa es simplemente Juan. Estos dos mundos en los que Juan, eventualmente colisionan y se retroalimentan durante el clima de la contraofensiva de Montoneros en 1979, cuando sus padres, ambos pertenecientes a la organización. Al poco tiempo llega un punto en que Juan no podrá sostener más sus dos mundos, y querrá comenzar su propia clandestinidad con su gran amor, María, una niña que conoce en la escuela.
Benjamin Ávila (escritor y dirige la película) fue un hijo de montoneros regresados a la Argentina de la dictadura militar para, en las postrimerías de los setenta, imponer el peronismo o… O morir en el intento.
Muchos murieron (matando). Su propia madre desapareció sin dejar rastro, y en el trasiego perdió a su hermana. El gran acierto de Infancia clandestina es el riguroso punto de vista: la mirada de ese niño que encarna con desgarradora convicción Teo Gutiérrez Moreno. Sin olvidar las maravillosas interpretaciones del resto del elenco, juguetón Alterio, mortalmente serio Troncoso, e intransigente y comprometida, sin margen para la duda, como buena terrorista, Natalia Oreiro.
Es una muy buena película para saber cómo fue vivir en forma clandestina y ser parte de una agrupación guerrillera.
