Se hace memoria de la entrada festiva de Jesús en la Ciudad Santa, Jerusalén, con las aclamaciones y cantos del pueblo, llevando en sus manos palmas y ramos de olivo. Nos unimos con fe en esta demostración de alegría y gratitud para recibir al Señor, y esos ramos bendecidos, que llevaremos con nosotros a nuestras casas, nos recordarán durante todo el año la visita de Jesús a nuestros hogares.
La misión de Jesús es traernos la salvación de Dios, haciéndonos conocer el amor del Padre e invitándonos a seguirlo como discípulos suyos. Por eso, acompañamos su entrada en el templo, que representa a Jerusalén, este templo donde los cristianos son bautizados y participan de la asamblea litúrgica para recibir la Eucaristía, su Cuerpo y Sangre gloriosos. La lectura del relato de la Pasión de Jesús, que se hace en la Misa, nos indica que el Señor dio su vida por nosotros, y nos muestra que no siempre somos consecuentes con nuestras promesas, como quienes un día lo aclaman y poco después lo condenan a la Cruz.
Es tiempo de reparación por nuestras faltas, de reconciliación sacramental por la Confesión, de reflexión sobre el rumbo de nuestra vida, de generosidad en la caridad y la limosna.
